El verano pasado en el mes de junio y parte de julio, hice un viaje por Holanda, Bélgica y Alemania.
Salimos en avión desde Madrid y llegamos a Amsterdam, en cuyo aeropuerto teníamos preparada una furgoneta para desplazarnos durante todo nuestro viaje, entregándola en el aeropuerto de Francfort, desde el que regresamos en avión, de nuevo a Madrid.
Me pareció muy interesante la visita a Amsterdam, estando alojados en el hotel Hilton Amsterdam, que por cierto se halla ubicado algo lejos del centro, pero a nosotros no nos vino mal, pues teníamos donde aparcar la furgoneta y nos desplazábamos con ella por toda la ciudad. El aparcamiento lo teníamos fácil, pues llevábamos la tarjeta de minusválidos, pues mi hija, con la que viajamos, se desplaza en silla de ruedas.
Llama poderosamente la atención para los que llegamos por primera vez a Holanda, la cantidad de bicicletas que circulan por la misma, así como el respeto y preferencia que tienen sobre la circulación, por lo que los carriles-bicis, es una cosa normal en cualquiera de las ciudades que visitamos. Existiendo por todas partes aparcamientos para las bicicletas. Nosotros pasamos por uno de varias plantas donde podía haber alrededor de las cien mil vehículos de dos ruedas de propulsión humana (¡qué cursi me ha salido esto para no repetir la palabra bicicleta). Llegamos a la ciudad un viernes por la noche, y fue impresionante ver en una de sus plazas la cantidad de jóvenes que llegaban en bicicletas y como las dejaban apoyadas en las paredes y desaparecían entre la juventud, sin poner ni cadenas, ni candados con plena confianza que volverían a por ellas. Pregunté sobre este hecho y me dijeron que son muy pocas las que desaparecen y las denuncias que hay por robos
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